A corazón abierto

La historia del baloncesto argentino escribió en Dongguan un nuevo capítulo en el que el talento volvió a sumarse al hecho de saber jugar, también, con el alma

Foto: FIBA

Entre la razón y la pasión se mueve el corazón de Argentina. Va intrínseco en ellos. En su forma de pensar, de vivir y de ser. No hay, quizás, una nación igual en cuanto al frenesí y al orgullo de pertenencia a unos colores, los albicelestes, que conforman su bandera. Eso les da un plus a la hora de competir, una baza a la que aferrarse cuando la lógica se interpone entre el fracaso y la gloria, una excusa que les impide caer de forma indigna vayan donde vayan. Sin embargo, siguen sorprendiendo por lo lejos que son capaces de llegar cuando el espíritu de batalla atraviesa sus cuerpos en plena faena.

La historia del baloncesto argentino está, precisamente, llena de hazañas que decoran un cuento de hadas que parecía tener fin con el ocaso de la Generación Dorada. Después de muchos éxitos, apareció en el horizonte una época que podría tomarse como una transición siempre difícil de gestionar. Se fueron apagando los contemporáneos a Ginóbili y al mismo tiempo se mantenía la fuerza de una valentía que sólo ellos son capaces de experimentar. Por eso, desde que el talento se ha desarrollado y les ha acompañado mejor, han vuelto a dar en la diana para escribir un nuevo capítulo de su lustroso legado.

De ese modo, China y el mundo se han rendido, otra vez, a la Selección Argentina. Por el pundonor, por la lucha, por su capacidad para siempre pensar que un esfuerzo más o una carrera por un balón en pleno aire siempre tiene sentido. La machada contra Serbia no es una casualidad, aunque no por ello deja de ser tremendamente especial el hecho de haber vuelto a unas semifinales de un Mundial 13 años después, y pone de manifiesto que muchas veces que el corazón llega muchas veces donde no llega la cabeza.

Movidos por esa energía que sólo los argentinos poseen en lo más hondo de su ser, cuajaron un partido inolvidable donde, además, regalaron buen baloncesto de la mano de un Campazzo que es el faro de esta ‘Next Gen’ que tiene tan buena pinta y de un Scola que es la última referencia de una estirpe ya extinta. Disfrutar, disfrutaron, e hicieron disfrutar al resto con una nueva exhibición de carácter que complica mucho el ejercicio de mantener la neutralidad porque ese ardor competitivo que tienen como dogma.

Argentina es lo que es por lo que transmite, por lo que representa y por esa llama interior que está viva sólo en ellos. Ese fuego que tan difícil es de mantener es lo que hoy les ha llevado a dejar fluir sus almas alejándose de la lógica, como antaño hicieron las leyendas albicelestes, para brindarle otra gesta al gozoso y orgulloso pueblo argentino.

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