Foto: FIBA

Australia ha recalado en este Mundial con la fuerza de un huracán. El combinado oceánico se ha colado entre los ocho mejores del campeonato manifestando que las sensaciones que han ido acumulando estos años atrás no eran simple coincidencia. Manteniendo el bloque y retocando las figuras de los secundarios, que han ido apareciendo de forma lenta pero segura, los Boomers ya son una de las caras reconocibles del basket internacional.

No sólo la presencia de jugadores con amplia experiencia en la NBA le ha dado la oportunidad de dar ese salto cuantitativo y cualitativo, sino que Lemanis ha sabido conjuntar a la perfección todo el talento que tenía en su mano, construyendo un equipo con mayúsculas que viene creciendo pacientemente desde hace bastante tiempo. Les ha costado, es cierto, alcanzar un status de rango alto a nivel FIBA, aunque la espera ha merecido la pena porque en China son candidatos al oro con total merecimiento.

Es ahí donde radica el éxito de esta generación, en la perseverancia a la hora de creer en un entrenador y un grupo de jugadores. Por esa razón, Australia hace disfrutar al espectador neutral por la belleza de su juego y por ese sentimiento de pertenencia que todo equipo nacional debería tener. De hecho, ésta última cualidad no deja de ser un aspecto que toda Selección tendría que llevar intrínseca y que no todas son capaces de conseguir porque las luchas de ego suelen llevarse por delante muy buenos proyecto.

Puede que en un par de días el exultante estado de ánimo australiano quede en nada si no terminan de dar el paso hacia las medallas, ese que en 2016 le arrebató España en los JJOO de Río y que en 2014 les hizo quedarse a medias. Sin embargo, ya se dan el derecho a poder soñar y a mirar a la cara al resto de rivales sin achicarse ante ninguno. Se lo han ganado, no queda duda, y ahora tienen la ocasión de terminar de demostrarlo.

 

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