Fin: Giannis Antetokounmpo sella el pacto con los dioses

El griego ha conseguido, a sus 26 años, todos los galardones posibles en la NBA y se sigue erigiendo como uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto moderno con la humildad y la fidelidad por bandera

Foto: @Bucks
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En nuestros días, la lealtad es un don que escasea cada vez más. Y me refiero a la lealtad en general sin importar el ámbito. Si echamos la mirada atrás, este era seguramente uno de los valores más importantes en tiempos pasados. Sobre todo en países de gran historia y mitos como la antigua Grecia. Hace unos años, ahí tuvo que crecer el pequeño Giannis Antetokounmpo después de que sus padres, Charles y Verónica Antetokounmpo, emigrasen desde Nigeria. Fue en la década de los 90 después de la grave crisis económica que ocasionó la escasez de petróleo en un país que dependía mucho de ese bien.

En su infancia, llegados a este punto, tenemos que dar las gracias a Thanasis. Los padres de Giannis querían que él jugase al fútbol. Sin embargo, el mayor de los Antetokounmpo desarrolló una pasión por el baloncesto que luego siguió su hermano pequeño. Fue por idolatría, por ‘querer ser como él’. Poco a poco se fue dando todo, y la gente empezó a ver que lo de Giannis era otra cosa, otro rollo… Distinto y, al fin y al cabo, único. 

Foto: @Bucks
Foto: @Bucks

Pero en estas líneas no vamos a hablar ni repasar toda la trayectoria de Giannis. De eso se han escrito ríos de tinta alabando y ensalzando una historia que es una de las más románticas de la NBA. Ese niño enclenque forastero que llega a la liga sin ser nadie y consigue ser mejor que todos los demás, un monstruo, un devorador de almas.

Giannis tiene 26 años. Y ya es campeón de la NBA, MVP de Finales, DPOY, dos veces MVP de la temporada regular y All Star. Fin, lo ha conseguido todo con solo 26 (!!!!) años. Algo que lejos de hacerse y verse como algo alcanzable parece una quimera absoluta. Incluso para los mejores dioses de la historia. Esos con los que Antetokounmpo se ha dado la mano esta noche y les ha mirado de tú de tú. Sin miedo ni distancias. Un cara a cara con el que ha levantado la mano y dicho ‘presente’.

Y todo lo ha hecho desde la humildad y la lealtad. Quizá los dos valores más importantes de este mundo y que más dicen de una persona. Es un absoluto dios en Estados Unidos. Pese a ello, con el estatus que tiene sigue llamando a la puerta de sus mejores amigos en cada visita que hace a Grecia. Desde su primer ojeador al dueño de un bar que cada vez que lo veía le daba algo de comer. Sabiendo además que su familia no tenía recursos para subsistir.

Con algo menos de 10 años se dedicaba a vender relojes junto a su familia, y apenas 15 años después lo ha conseguido todo en la vida, tanto a nivel deportivo como a nivel personal: lo ha ganado todo en la NBA. Es admirado en todo el mundo, ha formado una familia y conserva las mejores amistades en su adorada Grecia, esa que cuando llegó junto a su familia les dio la espalda por ser inmigrantes y a día de hoy les consideran una institución en el país ‘heleno’. Lealtad y humildad… No debe ser casualidad que siempre que aparece una de estas cualidades suele ir con la otra de la mano. Con Giannis la norma no se rompe.

Humildad porque lo cuentan los aficionados, sus compañeros o entrenadores. Allá donde va intenta no destacar, no llamar la atención, ser uno más aunque sea uno de muchos, de muchísimos. Una forma de ser que le hace una persona inmarcesible, divina y casi celestial, siempre con la sonrisa por bandera, con la felicidad del hombre que lo ha conseguido todo a base de trabajo y confianza. Dos cosas que suelen ir cogidas de la mano. No debemos olvidar nunca ni quienes somos ni de dónde venimos, porque a la vuelta puede que nos encontremos con gente que no nos gustará ver, y ellos nos pueden hacer más fácil el camino. Todo por el pueblo, pero con el pueblo.

Y lealtad, algo que incluso a veces puede llegarse a criticar… Ese es el mundo en el que vivimos. Porque hace no mucho Giannis pudo salir de Milwaukee, pudo irse a otros equipos a formar una pareja o trío invencible con otros jugadores simplemente abandonando los Bucks, que llevaban dos años estancados en los Playoffs y que parecían no ir ni para adelante ni para atrás.

En esas, a Giannis le empezaban a caer la ofertas y rumores (Miami, Dallas, Warriors…). Sin embargo, el griego decidió estar en casa, continuar y darlo todo por la ciudad que le dio todo años atrás, haciendo que la gente se echase las manos a la cabeza. A día de hoy, el romanticismo no se entiende, atasca y hace bola incluso. Porque todo el mundo (o casi) le quería fuera formando un superequipo con alguien más. Pero Antetokounmpo se quedó y formó él su propio ‘dream team’ en su ciudad, en casa, en Milwaukee.

Es quizá un mensaje para la vida: la lealtad siempre da sus frutos, aunque a veces no la veamos. Solo hay que esperar y ella hará el resto. Nadie nos exige tener lealtad, pero la confianza suele premiar siempre, a veces antes o después, pero Giannis tuvo dos veranos muy movidos con rumores de todo tipo y, apenas unos meses después, ha ganado un anillo con el equipo de su vida. Como Dirk en Dallas, como Wade en Miami, Kobe en Lakers, Jordan en Bulls, LeBron en Cleveland o Curry en Warriors, seres exclusivos en su especie, pero que ya tienen un acompañante nuevo en el club.

Ah, y por supuesto, el trabajo. Porque la gente se sorprende con los salarios del deporte, sobre todo el de élite. Eso sí, ninguno nos hacemos una idea de lo que esconde todo eso, del trabajo, del sacrificio y de la admiración que consigues durante ese camino.

Giannis Antetokounmpo / USATSI

Giannis llegó a la NBA siendo un fideo. A día de hoy, tiene seguramente el cuerpo más perfecto y compensado de toda la liga. Unido a sus habilidades y capacidades le hacen ser casi un leviatán terrestre. Un ser mitológico de valores antiguos que vive el día a día como su familia le enseñó sin desviarse del camino de la fe, por supuesto.

Año a año, día tras día, Antetokounmpo ha mejorado su rendimiento y su físico, ese que en su día no le hacía apto para la NBA. El mismo que a día de hoy le hace ser completamente imparable, indestructible e intocable. Y quizá no sea el jugador más talentoso, ni el que mejor tira, el que más defiende o el más versátil. Aquí entra una enseñanza de vida que dice: “El trabajo gana al talento, si el talento no trabaja lo suficiente”. Blanco y en botella, Giannis.

Hoy, todos los niños que tengan su camiseta saldrán con ella puesta a la calle, a dar una vuelta con sus amigos, para echar unos tiros en la canasta de la calle de al lado… Es el día de Antetokunmpo, del trabajo, de la humildad y la lealtad, esos valores que día tras día han acompañado a Giannis hasta la cima. Valores que hacen que hoy todos estemos inmensamente felices de verle feliz, de verle sonreír, de verle triunfar. 

El dios griego de origen africano que se ha hecho inmortal en Estados Unidos. En la tierra de Kareem Abdul-Jabbar, a quien ya ha dejado atrás en el camino por convertirse en el mayor ídolo y el mejor jugador de la historia de una franquicia. La de Milwaukee, una con poco mercado (si la comparamos con Boston, Nueva York, Los Ángeles, Miami, San Francisco…) pero en la que han bastado los buenos recuerdos y la fidelidad para que Giannis Antetokounmpo sea imperecedero. Lo ha hecho con el mejor partido de su vida, 50 puntos en el partido más importante de su carrera. Cuando todo el planeta NBA le estaba mirando, él fue el mejor jugador, indomable. Si había una noche, era esta.

Gracias en nombre del baloncesto y de la vida. Gracias por demostrarnos que siendo sencillo y con mucho esfuerzo y una actitud correcta se puede conseguir todo, enseñanzas de vida que nos hacen levantarnos hoy un poco mejor.

21 de julio, festivo nacional en Grecia y casi de obligado cumplimiento en todo el mundo: Giannis Antetokounmpo, el humilde niño que vendía relojes en Grecia con 10 años, es campeón de la NBA.

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