Pasando por alto que me produce bastante pena que haya quien todavía se esté preguntando ¿dónde está el límite?, me gustaría echar unas líneas aprovechando que la FIA ha desestimado la revisión de la sanción impuesta a Sebastian Vettel durante el pasado Gran Premio de Canadá.
Tampoco quiero espesarme con el asunto en cuestión. Se ha escrito mucho, tal vez demasiado, e incluso se han cometido algunos excesos comparando nuestra actualidad, donde el Reglamento Deportivo es un exhaustivo catálogo de cosas que no se pueden hacer y situaciones que no se han de dar, con épocas en que las reglas eran poco menos que un código entre caballeros, que si requería de la intervención de la Federación era por circunstancias flagrantes o mayores, muy mayores.
El recurso a nuestra historia es facilón pero también un bombón envenenado. Ni los coches eran iguales ni los equipos ni los pilotos actuaban igual que ahora. Obviamente disponían de infinito más margen, pero precisamente por evitar situaciones engorrosas, tendentes a la subjetividad o de difícil valoración, la Normativa Deportiva ha ido creciendo en volumen año tras año, hasta configurar un amplio corsé que ha sido asimilado como porpio por todos los intervinientes en la competición.
Es importante este punto. De la misma manera que no resulta aceptable que un equipo de fútbol salte al campo con doce jugadores dispuesto a disputar un partido, en Fórmula 1 no es de recibo que habiendo un Reglamento nos estemos preguntando ¿dónde está el límite?
Las regulaciones son el límite. Sin el marco normativo sería muy complicado gestionar la actividad, y si con él sobre la mesa se han dado muchas situaciones de arbitrariedad o de aplicación sujeta a debate, siendo honestos debemos admitir que, en conjunto, la existencia del paquete de reglas supone una garantía para todos: actores del espectáculo y espectadores.
Personalmente os diré que su peso en la competición me parece excesivo…
No, no me convence, no me produce reparos admitirlo. Pero es lo consensuado y lo que tenemos, como el Halo o el Reglamento Técnico. Forma parte del deporte, su articulado son nuestras reglas de juego y me resulta muy negligente que porque en esta ocasión haya afectado a este piloto o a este otro, nos olvidemos que llevamos años bajo su paraguas y su rigor ha afectado a otros muchos conductores sin que nadie llegase a rasgar sus vestiduras.
¿No es perfecto? De acuerdo, totalmente de acuerdo. ¿Es manifiestamente mejorable? Sin duda, aplaudiría cualquier acción encaminada a adaptarlo a los nuevos tiempos. ¿Deberíamos cambiarlo? Sí, lo creo a pie juntillas. El show requiere más vitalidad en pista y contando con las modernas medidas de seguridad, creo que nos vendría bien y sería muy saludable algo más de manga ancha en cuanto a la rivalidad habida y posible sobre el asfalto.
Otras disciplinas también tienen Reglamento Técnico y se han adaptado mejor a los gustos actuales. Bien podríamos mirarnos en ellas. Pero como decía hace unos párrafos, mientras el nuestro sea el que es y no lo modifiquemos, los límites de lo que se puede hacer o no los marca la letra escrita en cada uno de sus artículos, y quien la transgreda o incumpla seguirá siendo acreedor de la sanción pertinente, se llame Lance Stroll, Robert Kubica o Sebastian Vettel, porque la Normativa es igual para todos, o debería serlo.
Bien mirado, la ocasión la pintan calva. Con lo sucedido en la vuelta 48 del Gran Premio de Canadá se ha abierto una preciosa puerta para que revisemos nuestros parámetros presentes. Liberty Media quiere más espectáculo y éste parece un buen punto de partida para modificar el actual estado de cosas, pero sin caer en estridencias ni extravagancias, ni mucho menos en populismos baratos.
El Reglamento Deportivo, con sus más y sus menos, luces y sombras, nos ha dado demasiada estabilidad y proporcionalmente muy pocos sustos, como para ahora vengamos a preguntarnos ¿dónde está el límite?
Está donde siempre ha estado: en las reglas que regulan el deporte.
Os leo.
