La sombra de Michael

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En el análisis sobre la situación actual de Ferrari se acostumbra a pasar de puntillas sobre todo aquello que no tiene que ver con la parte mecánica y lo que nominalmente entendemos por labor del conductor, de forma que cualquier cosa que afecte a estos dos ámbitos, se resuelve de un plumazo echando las culpas o bien al piloto o bien al coche.

Sebastian Vettel suele llevarse la peor parte en lo que a la actividad de Maranello se refiere. Si su monoplaza rosso está fuerte, como parece que ocurrió el año pasado y también éste, resulta muy sencillo escalar la importancia de sus errores aunque en sentido estricto, la responsabilidad sea de Maurizio Arrivabene, ya que ha sido él quien ha organizado todo el funcionamiento del equipo alrededor del desempeño en pista del alemán, en un claro calco de lo llevado a cabo por Jean Todt en la era victoriosa de Schumacher.

Ahora bien, todo el mundo habla del Kaiser o lo referencia a los logros que consigue el protagonista de este artículo, tambien a sus meteduras de pata, para qué vamos a negarlo, pero nadie se ha hecho la pregunta clave: ¿No merecería Sebastian un modelo propio?

Daily Star

A pesar de considerarme tifoso, o tal vez por ello mismo, me he mostrado muy crítico con la idea de replicar la floreciente etapa de la de Il Cavallino durante buena parte de la primera década de este siglo. Independientemente de que los tiempos no son iguales ni el reparto de poder en el paddock tampoco sea idéntico, pretender que Raikkonen interprete el papel de Rubens Barrichello o Felipe Massa, y limitarse a dejar que Vettel haga de Schumacher, me parece demasiado ramplón para Ferrari y, a la vez, muy injusto para con Kimi Räikkönen  y Sebastian Vettel.

Entiendo que Arrivabene haya optado por este camino, pero si militar en la rossa ya supone una presión descomunal, exigir a los pilotos oficiales que cumplan con papeles establecidos me parece un completo sindiós.

Iceman está siendo infrautilizado. Se le sacrifica con demasiada facilidad y esto es malo para él y sobre todo para su compañero, quien observa el mundo con la total seguridad de que el finlandés no le morderá salva sea la parte, ni mucho menos le pondrá las cosas difíciles en el campeonato.

Y en el caso concreto de Sebastian, resulta doblemente malo porque sin un Kimi fuerte a su lado, se enfrenta en solitario a una Brackley que no muestra tanto remilgo a la hora mover sus fichas según aconseje la oportunidad, como a la sombra de un Schumacher que aparentemente no mostraba fisuras.

En este sentido, y dada la competitividad actual, creo honestamente que Arrivabene no debería haber puesto su foco en el Kaiser de 2000 a 2004, sino en el que luchó a brazo partido con Mika Hakkinen o con Fernando Alonso.

Esta Ferrari se parece más a la de 1998 a 1999 o 2005 y 2006 que a las otras. El asunto en la actualidad no se limita, como antaño, a disponer de una buena máquina y dejar que el primer piloto haga los deberes en pista, hay que pelear cada punto como si fuera el último, y desgraciadamente, Vettel no cuenta ni con un Rory Byrne en la fábrica, ni con un Ross Brawn en el muro, ni con un Jean Todt al timón.

Como decía antes, la cota de exigencia en Ferrari es máxima por el simple hecho de ser Ferrari —aquí creo que no cabe dar más vueltas al asunto—, así como su nivel de exposición mediática, pero honestamente lo digo: considero que a Sebastian le habría venido mucho mejor un modelo que lo tuviera realmente en cuenta, antes que obligarle a vivir a la sombra de Michael casi condenado a perpetuidad.

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